Apocalipsis, Zodiaco, Metanoia

25 Mar 2024

Miradas trinitarias de los tiempos actuales

Por Luis del Jaral

Si miramos la trayectoria humana conocida, desde la Mesopotamia del 3000 a. C., Egipto, la India, Persia, China, Grecia, pasando por las tradiciones nativoamericanas o la nórdica, hasta el mundo gnóstico y judeocristiano, parecería que son pocas las culturas carentes de pensamiento escatológico asociado a una inminente conclusión o renovación del mundo, ya sea ligado al término de una era, en una concepción cíclica del tiempo, ya a un juicio final, en una lineal. 

Puede que la mentalidad apocalíptica (en el sentido catastrofista del término) parta del inconsciente colectivo, a través de memorias de reseteos civilizatorios oficialmente olvidados y de los que ahora sólo tenemos vagos registros o intuiciones. Al fin y al cabo, por ejemplo, el relato del diluvio—tan de fin de ciclo pisciano— se repite en muchas culturas aparentemente inconexas. 

Se ha dicho también que el sentido dual de la pérdida de un edén o pasado perfecto y la añoranza de un futuro mejor que nunca acaba de llegar es el esqueleto psicológico en el que se basa gran parte de la cultura occidental. No hay duda de la existencia de patrones arquetípicos que estructuran nuestra psique y su despliegue, ni de  que estos marcan también momentos de crisis, puntos de inflexión que, si estamos atentos, podemos sentir, y más aún, participar creativamente en su proceso.

En las últimas décadas, muchas voces venían avisando que se aproximaba un gran giro colectivo. Parece innegable que desde los últimos 50 o 60 años el mundo venía dando señales de cambio y aceleración temporal, y que en la última década se barruntaba tormenta. 

Esta llegó con mucha contundencia con la gran conjunción en Capricornio en marzo del 2020, que marcó un claro umbral a una “nueva normalidad”, a lo que ya parece una nueva fase de la historia. A partir de entonces, la sensación compartida es que hemos entrado en una especie de portal caótico o atractor extraño del que, como en una iniciación, no hay posibilidad de vuelta atrás. La conocida cita de Jung parece cobrar especial relevancia:

Estamos viviendo a lo que los griegos llamaban el kairós—el momento idóneo—para una “metamorfosis de los dioses”, de los principios fundamentales y símbolos. La peculiaridad de nuestro tiempo, la cual no nos es dado elegir conscientemente, es la expresión de que el inconsciente colectivo está cambiando. Las generaciones venideras tendrán que tomar nota de esta transformación, si es que la humanidad no se destruye a sí misma a través del poder de sus propias tecnología y ciencia…Tanto está en juego, y tanto depende de la constitución psicológica del humano moderno…. ¿Saben los individuos que ellos son el contrapeso que puede inclinar la balanza?

¿Era de Acuario?

Siguiendo la estela jungiana, si intentamos ampliar sentido al proceso en el que como humanidad estamos inmersos, desde la mirada astrológico-arquetípica aparecen varias propuestas. Una que vuelve a coger relevancia es la del concepto de Era de Acuario. Se vuelve a hablar de ella en referencia a la significancia de la conjunción de Júpiter-Saturno a 0º de dicho signo, inaugurando un ciclo de 200 años de aire, y del cambio de signo de Plutón, en un contexto resonante de mucha incertidumbre social y geopolítica acompañado de la emergencia exponencial de tecnologías con un enorme potencial transformador como la IA, la computación cuántica o la realidad virtual. 

Desde hace décadas, son visibles el desarrollo tecnológico y la interconexión; no obstante, y en vista de la situación mundial, parece razonable cuestionar que esta fase en la que estamos entrando como humanidad se vaya a corresponder con una Era de Acuario en sentido de Nueva Era o New Age tal y como ha sido popularmente concebida desde que apareció el término.

Como nos explica Nicholas Campion, si bien hasta hoy se han superpuesto a menudo, ambos conceptos no son idénticos, aunque los dos nacen prácticamente a la vez en el secularismo europeo de finales del siglo XVIII. La precesión de los equinoccios ya era conocida en el mundo antiguo, pero no hay registros de que se usara alguna vez para predecir el futuro. La teoría de las eras se desarrolla en el clima de la Francia revolucionaria como intento de desvelar el origen común de las religiones como cultos astrales[1], pero como tal, el concepto de Era de Acuario comienza a tomar fuerza a finales del siglo XIX y principios del XX, con el auge de la teosofía y demás movimientos esotéricos decimonónicos, y es entonces cuando se comienza a asociar con el concepto de Nueva Era.

A pesar de haberse popularizado en sentido laxo como todo el revoltijo de conceptos y disciplinas “espirituales” que conocemos (desde su revival y popularización con la contracultura y posterior comercialización del término en los 70 y 80), en sentido estricto, desde su nacimiento, el término New Age estuvo ligado a las ideas swedenborgianas de iluminación de la humanidad, de parusía interior. Fue bajo esa premisa que la Nueva Era fue hermanada con la Era de Acuario, y mayoritariamente entendida como tal (hasta hoy) por la nueva astrología que emergió de los ámbitos teosófico-esotéricos (Alice Bailey, Max Heindel, Oskar Adler, Rudhyar, entre otros) aunque algunas voces como Charles Carter manifestaran sus discrepancias respecto a que Acuario fuera a ser necesariamente más “espiritual”.

¿Es concebible hoy en día hablar de una Era de Acuario como tal, y sobre todo en términos de despertar colectivo, conciencia holística y comunidad planetaria, en vista de la trayectoria que en apariencia está tomando el mundo?

La discusión acerca de la eficacia de la aplicación del zodiaco en sucesión retrógrada como modelo temporal viene de largo. Como propuesta de sentido es problemática, entre otras cosas porque no imita a la naturaleza (o viceversa). El zodiaco directo, en cambio, sí lo hace, y a modo de proceso cíclico-espiralado de despliegue de la psique, coincide a la perfección con un esquema general propuesto de manera casi unánime en el estudio del desarrollo de la consciencia colectiva.

La gran triada

En el campo astrológico, Dane Rudhyar (en su libro Planetarización de la consciencia) o Richard Tarnas más adelante, se refirieron a la trayectoria de la mentalidad occidental desde un esquema dialéctico que describe cómo esta parece desplegarse en tres grandes fases diferenciadas. El modelo general es como sigue: la psique, a partir de una matriz unitaria y primal, se diferencia como identidad separada —potenciándose, pero pagando un doloroso precio— para después, a través de un proceso de muerte/renacimiento, volverse a integrar con la matriz original en un nuevo nivel, un matrimonio de opuestos que preserva el aprendizaje de la entera trayectoria.

Este modelo se ha propuesto como parte de una espiral, cuyo arco básico es un patrón arquetípico trifásico que encontramos en múltiples ámbitos en innumerables ejemplos [2]. Hallamos la triada en la base metafísica de muchas tradiciones (deidades lunares triples, unidad-caída/separación-retorno; creación-mantenimiento-destrucción), en la alquimia (sal-azufre-mercurio o albedo-nigredo-rubedo), aplicado a la filosofía de la historia (Hegel, Marx) y también en el proceso perinatal (unión uterína-tránsito del parto-nacimiento) o en el desarrollo ontogénico (infancia-adolescencia-madurez). 

Especialmente, aunque con ciertas variaciones, controversias y matices, pero con reveladora similitud, este patrón ha sido utilizado para explicar el despliegue de la consciencia a través de la historia y la cultura[3]. Aplicado a este último ámbito, ha sido revelador para entender las consecuencias de la polarización en el lado yang o masculino de la psique: cómo la potenciación del lado racional, cartesiano, dualista, lineal, jerárquico (con la consiguiente represión del lado yin o femenino en sus muchos aspectos: mujer, cuerpo, instinto, naturaleza, alma, totalidad) desemboca en una alienación cósmica y un desencantamiento del mundo. A ello se refería Richard Tarnas en Cosmos y Psique[4]:

Aquí, tanto en el nivel individual como en el colectivo, se puede ver la fuente del dualismo profundo de la mente moderna entre hombre y naturaleza, entre mente y materia, entre yo y el otro, entre experiencia y realidad, la omnipresente sensación de un yo escindido irrevocablemente separado del mundo que lo rodea. He aquí la dolorosa separación del intemporal vientre de la naturaleza, que lo abarcaba todo, el desarrollo de la autoconsciencia humana y la expulsión del jardín, el ingreso en el tiempo, la historia y la materialidad, el desencantamiento del cosmos y la sensación de total inmersión en un mundo antitético de fuerzas impersonales. He aquí la experiencia del universo como fundamentalmente indiferente, hostil e inescrutable. He aquí la lucha compulsiva por la autoliberación respecto del poder de la naturaleza, por el control y el dominio de las fuerzas de la naturaleza, incluso por vengarse de la naturaleza. He aquí el miedo primario a perder el control y el dominio, tan arraigado en la conciencia, y el miedo a la muerte, compañía inevitable del surgimiento del yo individual a partir de su matriz colectiva. Pero, por encima de todo, he aquí la profunda sensación de escisión ontológica entre el yo y el mundo.

El proceso tiene su razón de ser: reunificarse con el fundamento original, regresar al hogar desde una madurez autoconsciente, pero para superar la escisión y llegar a una síntesis, para que de nuevo “los dos se hagan uno”. Muchas miradas en el campo de la consciencia han coincidido en que el ego colectivo ha de atravesar una muerte, un descenso, una ordalía, un proceso alquímico, un parto, una iniciación que implica un encuentro con su sombra, con todo lo que dejó excluido en su proceso de diferenciación, y con todas sus resistencias a morir para ser transformado en el proceso. Tarnas se apoyaba de nuevo en este modelo trifásico, ahora a través del Monomito o Viaje del Héroe, afirmando que:

En la historia del pensamiento y la cultura occidentales, la comunidad, el todo más amplio del cual el yo heróico quedó separado, no fue simplemente la matriz tribal o familiar local, sino más bien la comunidad entera del ser, la Tierra, el cosmos mismo. Las diferentes etapas de esta separación, descenso y transformación tuvieron lugar en las distintas grandes épocas de la historia cultural de Occidente a lo largo de un proceso que, retrospectivamente considerado, no parece diferenciarse demasiado de un vasto rito de paso evolutivo en el escenario de la historia y del cosmos que hoy está llegando a un momento crítico particularmente delicado. 

Este momento crítico, vasto rito de paso evolutivo, desencadenado por la muerte del ego colectivo, a cualquiera que sepa algo de astrología le vendrá sonando a Escorpio. Y es que este proceso, con sus 3 fases detalladas, está reflejado con detalle en el ciclo zodiacal, la rueda de la vida. 

En astrología tenemos esa tríada arquetípica en la clasificación de los signos como modalidades (cardinal-fijo-mutable) y correlativamente en la división de casas en angulares-sucedentes-cadentes, pero también en la agrupación de las casas o los signos en personales (Aries a Cáncer), sociales (Leo a Escorpio) y universales/transpersonales (Sagitario a Piscis). Y es aquí cuando estamos precisamente utilizando este esquema dialéctico (tesis-antítesis-síntesis) para describir la evolución de la psique.

En referencia al  proceso que estamos analizando, sería en Cáncer, al final de la primera fase personal, cuando se produce una escisión y se delimita una identidad por pertenencia que necesariamente excluye un exterior. En Leo, al comienzo de la fase social, un sentido de individualidad se expresa. Es un Ego adolescente, que comenzará a ser cuestionado en Virgo, será reconocido a un nuevo nivel a través del otro en Libra, y en Escorpio entrará en crisis. Y a través de un rito de paso que, llevado a buen término, posibilitará una nueva consciencia, llegaremos a la fase de síntesis que comienza precisamente en Sagitario. 

A esta siguiente fase en la triada, la universal o transpersonal, se la ha caracterizado (en su forma ideal o madura) por una consciencia que encarna las cualidades tradicionalmente asociadas a Acuario como Nueva Era—se ha llamado a esta nueva consciencia efectivamente transpersonal (Wilber), transegoica (Washburn), aperspectívica o integral (Gebser), de participación final (Barfield) o planetaria (Rudhyar)—. Ahora, como ya se ha dicho, esa transición tiene por requisito una metamorfosis que implica la muerte de la consciencia anterior, una noche oscura a la que el ego humano, con sus sueños de inmortalidad, no tiende a entrar dócilmente.

Metanoia

Ligado al acontecer apocalíptico está la metanoia, un concepto derivado de la palabra griega que se utilizó para traducir en el nuevo testamento el término arameo “tob”, que significa “volver”, “refluir en Dios”, y que ha sido volcado al español normalmente como ”arrepentíos” o “convertíos”:

 El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios está cerca, convertíos y creed en la buena nueva. (Marcos 1:14 y Mateo 4:17). 

Meta significa “ir más allá”, “elevarse más que”, y noia proviene de nous, que tiene muchas acepciones, pero se suele traducir como “mente”. Metanoia significaría entonces literalmente “ir más allá o más alto que el estado mental ordinario” o, como dice John White “trascender el ego centrado en sí mismo y volverse una persona centrada en Dios”. 

Metanoia indica un cambio de mente y conducta basado en una comprensión radical de la causa y el efecto de las propias acciones previas […] Metanoia significa una experiencia de conversión radical, una transformación del Yo basada en un nuevo estado de atención. Significa arrepentimiento en su dimensión más fundamental, “un cambio completo en el asiento más profundo de la consciencia”. Este cambio completo tiene el propósito de volver a ligarnos con la fuente divina de nuestro ser, la fuente cuya conciencia hemos perdido.

En El mito de la diosa, Anne Baring y Jules Cashford, traducen metanoia como “darse la vuelta para enfrentarse al universo interno del alma”. Y aquí ya está la idea de que el proceso no es una elevación directa a un nivel superior. Una fase termina —el tiempo se ha cumplido, el reino (la nueva era) está cerca— pero se requiere un descenso previo para recuperar y reintegrar lo reprimido, afrontar el trauma generado en la fase anterior.

La metanoia es precisamente la metamorfosis de Escorpio—una fase VIII, un tránsito de Plutón—. Es un encuentro con todo lo que fue negado en aras de desarrollar una identidad en Cáncer-Leo. En este sentido, tanto a nivel colectivo como individual, es un proceso de rescate, recuperación y restauración de nuestro lado yin en todas sus dimensiones: alma, mujer, cuerpo, naturaleza, comunidad, instinto, intuición, sentido holístico de la existencia… Y es también la confrontación con el guardián del umbral, el dragón de lo reprimido y suprimido, con el demonio que, como representación de la sombra colectiva, tiene cautivas las partes escindidas de nuestra alma. En el anterior ciclo, el ego heróico mataba al dragón del inconsciente para emanciparse; en este, en el mejor de los casos como comunidad heróica, nos damos cuenta de que hemos de integrarlo, dejar de proyectarlo fuera y cabalgar su poder, que es el nuestro.

Si desde la consciencia egoico-racional (raciocinio tuerto y distorsionado que sólo computa una dimensión parcial de la existencia) nos seguimos identificando exclusivamente como personas de carne y hueso, si no enfrentamos que somos mucho más —pero no ahora desde un elevacionismo trascendental de corte gnóstico que ve como una cárcel el cuerpo y este plano, sino (resignificando Tauro) desde la sacralidad recuperada de nuestra dimensión terrenal, desde la integración de opuestos—, no vamos a poder dar el salto a Acuario, al menos en un sentido de Nueva Era. Nos encontraremos tarde o temprano en la fase XII con todo lo que quedó pendiente, y quién sabe de qué desagradable manera.

Para recuperar el universo interno del alma, hemos de comprender todas las dimensiones de lo que tenemos que abrazar. Y registrar las consecuencias de que, como almas, llevamos con nosotras memorias no sólo biológicas, sino también, intrauterinas, transgeneracionales, de muchas vidas pasadas; de que tenemos también un cuerpo sutil y energético que contiene al físico, y que cuando este enferma nos está mandando señales para precisamente integrar algo mental, emocional o energético desatendido; de que hay vida en dimensiones que normalmente no vemos, y que hay fuerzas involutivas y evolutivas activas en este juego. Que la vida no termina al dejar este vehículo físico. Que tenemos un Ser superior que guía nuestro destino como individualidades relativas. O que, en última instancia, todo es la misma Naturaleza jugando a autorevelarse en su infinita creatividad.

A medida que el tiempo se acelera y la espiral se estrecha, la presión aumenta. El ego colectivo se resiste con todas sus fuerzas intentando reconducir el inevitable cambio hacia el anillo único de su agenda transhumana, bombardeándonos de continuo con visiones distópicas. Y quizá lo único que podamos hacer sea soltar y dejar que se muestre todo, entregarnos al proceso en toda su complejidad sin pretender direccionarlo. Por otra parte, como frutos de la nueva consciencia y del nuevo paradigma científico, las teorías del caos y la complejidad, las de resonancia mórfica y masa crítica, vienen postulando cómo pequeños imputs pueden desencadenar cambios masivos y súbitos en un sistema global. Nos hablan de lo importante y definitoria que puede ser nuestra participación, de cómo con nuestros pensamientos, emociones y acciones cotidianas, intencionadamente o no, estamos participando en el cambio, decidiendo a cada momento qué futuro alimentamos[5].

Siendo realistas, quizás sea ineludible que esta transformación planetaria, cuyo apogeo llegará, se viva con cierta cantidad de sufrimiento. Pero puede que podamos minimizarlo: si alquimizamos la parte que nos toca, si nos seguimos reencantando y revelando a cada descenso, si, a pesar de todo seguimos confiando y apostando por la integridad como expresión de un utópico amanecer colectivo. Entonces acaso—transitando hacia el paisaje de un maduro Acuario—el futuro se sienta como un retorno al hogar, y el mundo por venir, soñado en coro por tantas almas reverdecidas, se manifieste como el mejor de los posibles.

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[1] François Henri Stanislas Delaulnaye, en su obra de 1791L’Histore générale et particulière des religions et du Culte. (Según Nicholas Campion en Astrology and Popular Religion in the Modern West Prophecy, Cosmology and the New Age Movement )

[2] Ya rezaba el axioma pitagórico que Todo en el universo es divisible por 3. “La unidad se fragmenta interiormente en 3 momentos” (Cirlot). El 3 es un número de completitud que resuelve la dualidad, combina la unidad con la diversidad y es por tanto símbolo de armonía universal.

[3] Las propuestas de Jean Gebser, Owen Barfield, Sri Aurobindo, Jung, Erich Neumann, Ken Wilber, Riane Eisler, Michael Washburn, Stan Grof, Joseph Campbell o Dane Rudhyar, entre muchas más, siguen en términos generales este modelo.

[4] La concepción del zodiaco como un proceso de despliegue cíclico-espiralado de la consciencia está ya esbozada en Astrología Esotérica de Alice Bailey (Ver el artículo de Itziar Azkona La rueda de la vida en Stellium nº3), en La astrología como ciencia oculta de Oskar Adler o luego en las obras de Rudhyar. Bailey asociaba la circulación retrógrada con la evolución colectiva y la directa con la individual, mientras que Adler no parece dejar clara tal distinción, si bien expresa ya que “(El) zodiaco es la matriz cósmica del ser humano y de su evolución sobre la Tierra”.  Además subraya la división tripartita del zodiaco como fases en las que se completan 3 circulaciones de los elementos (3x Fuego-Tierra-Aire-Agua), dejando implícita la idea de que en cada una se desarrolla un Yo diferente. Esta división trifásica es mencionada luego ya en obras referentes de la astrología psicológica moderna como Las doce casas de Sasportas o en El hilo mágico de R. Idemon. En el mundo hispanohablante, Sinesio M. Rodenas escribió dos obras sobre el zodiaco como una espiral evolutiva de la psique individual (desde un enfoque más bien freudiano), pero quizás sea Eugenio Carutti quien más claramente ha aludido a la circulación en modo directo como espiral de despliegue de la consciencia colectiva.

[5] La cábala nos dice que, como almas en proceso de despertar, estamos participando en el Tikun Olam, la rectificacion del mundo; como reza el axioma de las artes internas taoistas, a donde va nuestra mente va nuestra energía.


Luis del Jaral

Luis es licenciado en literatura comparada. Peregrino de los mundos imaginales, tras transitar por variadas sendas y escuelas esotéricas, comprobó de primera mano ese axioma de que después del éxtasis viene la colada. Por necesidades de sanación y autocomprensión viene formándose como radiestesista, astrólogo con enfoque evolutivo y terapeuta especializado en regresiones, y desde el 2012 acompaña procesos de autoconocimiento y transformación a través de dichas disciplinas. Le apasiona la escritura, la vida sencilla en la naturaleza y la cartografía de la realidad en su sentido más amplio.

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