Editorial y calendario

Consumación – Solsticio de Capricornio 2025
El diccionario de la lengua española dice que consumación es “extinción, acabamiento total” y también “acción y efecto de consumar”. Consumar es “llevar a cabo totalmente algo”. La definición es clara; llevar a cabo algo lleva a su extinción.
La consumación es el lugar donde el caduceo alcanza su tensión. Las dos cabezas de serpiente se miran a los ojos para enterarse de que son una y la misma. En el acto de acabar y extinguir se aloja una pulsión: culminar se nos presenta como una meta anhelada tanto como una amenaza profunda. Llegar a un fin previsto, concretar un proyecto, consumar un ciclo, es tan deseable como vertiginoso. Al borde del abismo del final habitan todo tipo de interrogantes. ¿Qué tal lo hemos hecho hasta aquí? ¿El camino fue como lo planeamos? ¿Quiénes seremos al final del recorrido? Y lo más angustiante: ¿qué hay después de lo que acaba?
Este solsticio no podría estar más cargado de esa tensión de consumación, en la Tierra y en el cielo. Las palabras de Gramsci resuenan potentemente. «El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos».
El sol ingresa a Capricornio siguiendo a Marte y custodiado por Venus en Sagitario. Desde allí, la luminaria de la consciencia, aliada en el cielo con la polaridad del erotismo, se tensa con Saturno y Neptuno, en su recta final surcando las aguas piscianas, que siguen, todavía siguen, desagotando los últimos hilos de drenaje de los sueños colectivos que supimos construir y consumir.
Es un tiempo muy intenso para estar vivos, aunque es cierto que todo tiempo humano fue arduo. La memoria de la especie carga con los miles de años sobrevividos en el planeta, transitando pestes físicas y psíquicas, terremotos y bombas atómicas, inundaciones fluviales y mediáticas. La experiencia humana es dura, angustiante, cruel. Siempre lo fue. Lo que distingue a esta época no es lo violento de sus acontecimientos, sino la ineludible consciencia que tenemos de ello. Las generaciones anteriores se enteraban de una porción de la realidad; la que traía el mensajero, lo que se publicaba en un diario local, lo que aparecía en un portal de internet. Ahora lo vemos veinticuatro horas al día. La realidad global está a nuestro alcance, en la extensión de nuestra mano que es el Smartphone, que nos cuenta todo de todos en todo momento.
Es un tiempo inéditamente exigente en términos psíquicos. Hay un malentendido rotundo en relación con qué es estar conectados. Creemos que la conexión es escrolear continuamente una realidad programada a medida de nuestra dopamina. Consumimos y alimentamos esa realidad virtual y maquetada mientras la otra, la realidad material, nos inunda de emociones difíciles de procesar porque vemos mucho y sentimos que podemos hacer muy poco.
En la era de la hiperinformación, desconectarse es el mayor acto de resistencia. Levantar la vista, aliviar las cervicales tensadas por el vórtice virtual que nos encorva sobre nosotros mismos. Abrir los ojos, pestañear mucho y usar esos mismos ojos para ver la materia. Por lo menos eso. Desarmar la soberanía del sentido de la vista empieza por usarla para contactar con lo material. Los ojos son una puerta de entrada, despertarlos nos permite despabilar al olfato, al oído, al tacto. Degustar la realidad material, cuando es dulce y cuando es amarga. Mirar un árbol mecerse en el viento. Oír el ladrido de un perro corriendo por el asfalto. Despertar los sentidos para recuperar la conexión y desarmar ese malentendido. No es verdad que podemos hacer muy poco. Podemos hacer mucho en la escala de lo individual y esos gestos materiales retumban, como en el parche de un bombo, una música antigua casi olvidada. Casi.
Somos una especie, no tan distinta de cualquier otra especie. Somos comunidad. Somos un animal asustado haciendo un experimento exigente: recordarnos tan hijos de la Tierra como el polen que vuela en el viento.
El Sol entra a Capricornio en contexto de una luna también capricorniana, opuesta a Júpiter en Cáncer, que canta un mantra: lo doméstico es lo global. Lo individual reverbera en lo colectivo. No es verdad que podemos hacer muy poco. No es verdad que no nos importa lo que nos circunda. No es verdad que solo podemos mirar pasivamente.
El viejo mundo ya no existe. El nuevo demora su manifestación. En el interludio emergen las preguntas. ¿Qué tal queremos hacerlo de ahora en más? ¿Qué camino queremos planificar? ¿Quiénes podemos ser al inicio de un nuevo recorrido? ¿Qué viejos modos estamos listos para abandonar? De la consumación de esas preguntas depende la emergencia del nuevo ciclo.