Un referí pita el inicio de un partido en un estadio repleto de seres de distintos lados del mundo. La multitud canta, grita, arenga a la versión civilizada de los mercenarios representantes de sus naciones en una contienda que devino, muchas vueltas de espiral después, en encuentro deportivo. Adentro todo es fiesta. Cerveza. Papelitos.
Cuando termine el partido, una de las selecciones involucradas volará inmediatamente al país vecino, porque no tienen permiso diplomático para quedarse en el país anfitrión ni sus jugadores, ni sus técnicos, ni sus asistentes, mucho menos sus gobernantes.
Unos kilómetros más allá del estadio, un grupo de inmigrantes aprovecha el respiro que da la fiesta del fútbol a la persecución desmesurada y cruel a la que están sometidos desde hace años. El pánico se suspende por unas semanas, aunque no del todo, porque el trauma nunca deja desaparecer al miedo.
Al sur de ese mismo continente, un magnate tecnócrata presiona para dar entidad jurídica a organizaciones no humanas, desregular totalmente la inteligencia artificial, declarar al futuro de la humanidad en manos de una tecnología que vuela, rápida y descontrolada.
Al otro lado del océano, un pueblo entero llora sobre las ruinas de una matanza en masa que lo somete desde hace décadas, recrudecida hasta el límite en los últimos años, a la vista del mundo entero y sofocando violentamente todo intento de ayuda.
Hacia adentro de ese mismo continente, las bombas caen, los drones eligen objetivos civiles para amedrentar a líderes políticos, los barcos se agolpan en un estrecho pasaje, en pugna por seguir llevándose la savia del mundo.
La Tierra retumba en un aullido.
Cada vez más, la humanidad que supimos construir evidencia sus desbordes extremos, inhumanos, crueles. Vamos acelerando hacia un punto ignoto, y en el camino pisoteamos piedras, cuerpos, almas. Los sueños acaban, y al despertar descubrimos su dimensión pesadillesca. El agujero que dejamos en el suelo al desenraizarnos de la madre orgánica para ascender por el falo espiralado de la conquista. Orbitamos la Luna, fantaseamos con aterrizar en Marte, sin darnos cuenta de que aterrizar es justamente lo que menos sabemos hacer.
El cielo se agita. El ciclo Saturno-Neptuno recién iniciado en Aries fogonea y evidencia los sueños bélicos que nos constituyen. Los transaturninos activan el inicio de tres signos de polaridad yang, veloz, desapegada, pulsante.
En ese contexto, este solsticio trae una perla: la pregunta por la lentitud en un cielo hiperveloz. El año astral empezó con un equinoccio de puro fuego, puro carnero lanzado. El segundo trimestre nos ofrece un cambio de ritmo. El tiempo se enlentece con el ingreso del Sol a Cáncer. El astro rey alumbra los rincones de la intimidad. La Luna creciente en Virgo, guardiana de lo minucioso, lo servicial, lo detallado, conversa con Marte en Tauro. No hay potencia real sin contacto con lo orgánico.
Aún estamos a tiempo de los rituales que nos permiten recordar quiénes podemos ser en este ecosistema. Cantar esos mantras aceptando que no los entendemos, que no podemos más que repetirlos mientras separamos la paja del trigo, respiramos el aire, sembramos los surcos, buceamos el agua. Aún hay tiempo de enterarnos de cuán hecha de eso está nuestra vitalidad, cuán inseparablemente Tierra somos.
